La costumbre, esa constante personificación del tiempo en el ámbito inmediato, esa machacona repetición de la vida en lo ordinario, en lo cotidiano, esa actitud robótica, ese comportamiento maquinal del subconsciente, ese levantarse cada mañana y ver y sentir y vivir las mismas cosas que el día anterior, esa sensación de existencia monótona, aburrida que la vida moderna nos obliga a sobrellevar, esta marmolizando (perdón por la palabreja) cada vez mas nuestro sentido social, nos esta enquistando en un paulatino endurecimiento emocional moldeado en la empalagosa fragua de lo monótono.
Existe la costumbre laboral, personificada en esa continua vivencia del trabajo diario, en cuyo ámbito se escenifican casi siempre idénticos comportamientos.
Existe también la costumbre social, con las mismas actitudes hipócritas de relación, el mismo circulo de amistades, los mismos paseos cotidianos, los mismos encuentros de cada jornada, etc.
Llegado a este punto, me gustaría, si me lo permitís, centralizar la fundamentacion de este articulo, en una de las costumbres que más nos esta inmunizando contra el sentido social. La costumbre informativa.
Sabido es que en la actualidad estamos informados en todos los aspectos de la vida.. Los medios de letra impresa y audiovisuales de información diaria y permanente proporcionan un conocimiento continuo y puntual de todo lo que ocurre en cualquier parte del mundo.
Estamos machaconamente informados de todo lo que pasa en Irak, Oriente (el “Medio”, según Sánchez Dragó es una redundancia), Tercer Mundo, El SIDA, el terrorismo, la guerra preventiva, los muertos y heridos en la carretera, etc.
Aunque pueda parecer una paradoja esta cantidad de información que asimilamos diariamente con una naturalidad constante, nos esta cerrando cada vez mas las puertas y las ventanas de la solidaridad, nos esta quedando ciegos y sordos a los paisajes y los gritos desolados del mundo. La costumbre informativa nos endurece y así, esta información cotidiana de catástrofes, de guerras, de hambre, de injusticias... pasa por nuestras manos como el agua bajo el grifo del lavabo. La costumbre informativa es una vacuna contra el sentido social. Nos estamos acostumbrando a presenciar el mal sin inmutarnos.
¿Qué esta ocurriendo? ¿Por qué, hoy, que conocemos los datos y los problemas no aplicamos las soluciones?.
El mundo actual es una total equivocación, su trayectoria es un error que vamos a pagar muy caro
Me viene a la memoria la imagen, añeja ya en el recuerdo y macabramente cómica de los iluminados de la NASA saltando de alegría al ver aterrizar aquel inteligente robot en la superficie de Marte, y su evocación me llena de pesimismo y tristeza, Pensaba yo, mientras veía en la caja tonta la imagen del robot posarse en el planeta rojo y a continuación los saltos de alegría de los ingenieros nasales, en que tal vez, en ese mismo instante estarían muriendo cientos de niños en el Tercer Mundo, reventados por la desnutrición, mientras el poderoso gastaba millones de dólares en enviar una maquina a un planeta para averiguar si hay, hubo o habrá vida en el. Para nada me importa la supuesta vida de otros mundos si en él nuestro no ponemos los medios para evitar que esa vida no se destruya en las manos de las guerras, del terrorismo, del hambre, de la miseria, de las enfermedades...
Estamos cómodamente, empoltronados en nuestra confortable sociedad de consumo, divirtiéndonos con las exhibiciones televisivas de la vida intima de los famosos y famosillos, alimentando el morbo, (ese oculto placer por las desgracias ajenas); y apenas rozando nuestra pétrea emoción la información diaria de los desolados panoramas del mundo.
Estamos inmunizados por la costumbre informativa y las noticias nos llegan como hechos lejanos, que no nos incumben, que no nos afectan, que no tenemos nada que ver con ellos.
Pensemos un poco en la insignificancia del hombre, dentro del ámbito universal y reflexionemos en la importancia de conservar lo que tenemos, de ayudarnos, de eliminar esas enormes distancias económicas y sociales que nos separan de muchos millones de nuestros semejantes.
Pero sigo con el temor de que nuestro sistema es irreversible, de que nuestro comportamiento social no tiene marcha atrás, de que seguiremos inyectándonos nuestra dosis de costumbre diaria, de que seguiremos leyendo el periódico todos los días como el que se fuma un cigarrillo o viendo el telediario como el que mira una mosca en la pared mientras nos comemos el plato de lentejas. Y así seguiremos, pasivos ante el mundo, en nuestro egocentrismo corácico. Cada vez mas Inmunizados contra el sentido social por la vacuna de la costumbre.